Palabras que…

Posted by on September 1, 2010 at 20:54 pm

Palabras que…

Palabras que queman, palabras que abrasan, palabras odiosas, palabras que traicionan, palabras que escuecen, palabras que atemorizan, palabras que derrumban almas… palabras…, simples palabras…, fragmentos de nuestra vida, historia y sentimientos, compuestas por las letras que confeccionan nuestro lenguaje y capacidad comunicativa.
Bonitas, mitigantes, rebosantes de felicidad, irónicas, simpáticas, amorosas, amistosas, sabias, pero también dolorosas…

<<Y tú, ¿quién eres?>>, recuerdo aquellas cuatro palabras surgiendo de entre tus labios delicadamente, casi con sorna.
Tu entrecejo se frunció a la vez una sonrisa radiante se extendía por tu rostro. Eras tímida, ya lo sabía, yo también, pero eso no cambiaba nada. Desde que te ví por primera vez al iniciar cuarto de la ESO mi vida había dado un giro radical, en cuanto a las clases de Francés se refería. Solamente compartía aula contigo en las lecciones de aquella lengua extranjera, pero no me quejaba, me conformaba, peor hubiera sido no poder estar junto a ti ningún maldito momento del día.
Tú venías de la capital, sí, de la capital; y yo había vivido desde siempre en el pueblo, en mi pueblo; y además, era un chico que había viajado lo justo y necesario. Llegaste a mi instituto para iluminar mi existencia y a sacarme de la rutina, para hacerme pasar el mejor año de vida.
Las palabras que pronunciaste aquella primera vez como respuesta al repentino saludo de un compañero de pupitre desconocido, aquellas palabras que unieron nuestras vidas pero que nunca llegaron a fundirlas por completo…, ellas son las que me persiguen, y yo, como una sombra en medio de la noche, las esquivo, les doy esquinazo dentro de mi mente lo mejor que puedo.
¿Tú nombre?… Hubo momentos en los que creí oportuno tatuármelo en el pecho, Aroa.
Miro a través de la ventanilla del tren, la gran bestia metálica en la que me encuentro ha efectuado ya su parada en la estación.
<<Germán, tengo que irme, vuelvo a la capital, el trabajo de mi padre nos empuja a regresar allí a la familia entera y… no puedo hacer nada por evitarlo…>>, el recuerdo de tu voz apagándose tras haber pronunciando aquello me provoca una punzada de dolor en el pecho.
<<¿Qué? ¿Pero qué dices? No, no puedes irte, eso es imposible, estás de broma…>>, incluso mis propias palabras me causan dolor, el recordar mi voz, sonando burlona y despreocupada ante lo que me acababas de anunciar, sin llegar a creérmelo.
No te molestaste en hablar más, te arrojaste a mis brazos y las lágrimas comenzaron a desbordarse de tus ojos, entonces, comprendí que me habías hablado enserio y sin intención burlesca alguna. Volverías a la capital y estudiarías allí los dos años de bachiller que nos quedaban.
Me muerdo el labio y aprieto los puños, duele, aquello duele, incluso quema, esos recuerdos abrasan mi autoestima, pero es lo único que me queda de tí, la más viva esencia de tu persona se encuentra dentro de mi memoria.
Bajo del vagón con la mirada perdida y dirijo mis pasos, cabizbajo, hacia mi lugar destino.
Tras unos largos y pesados treinta minutos logro alcanzar el enorme edificio de paredes grisáceas con multitud de plantas de altura que era el Hospital General.
Atravieso las puertas principales a toda prisa pero tengo que aminorar la velocidad al toparme con un suelo de granito también gris (como la mayor parte de la fachada exterior de aquel lugar) encerado y totalmente escurridizo, una perfecta pista de patinaje para un enfermo despistado.
Dirijo una mirada circundante por la planta atiborrada de gente hasta los topes a media mañana. Hoy no he ido al instituto, me parece más importante la tarea y el objetivo que tengo fijados con quién se aloja en la habitación trescientos veinte de la tercera planta de éste Hospital. Tu prima, la única persona que siempre ha estado al tanto de nuestra relación y con la que sigo compartiendo centro de enseñanza, ha sido el chivo expiatorio que me ha proporcionado la información de lo ocurrido y de dónde te encuentras.
Localizo los ascensores y me cuelo en uno libre a todo correr. Las compuertas se cierran, estoy solo. Una música entretiene mi sentido auditivo durante el ascenso, sin embargo no logra despistarme de mis pensamientos. Las gruesas compuertas plateadas se abren de nuevo, acompañadas por una voz femenina que surge de algún lugar que no me detengo a buscar, anunciando la planta en la que me encuentro.
No le presto atención al cartel de <<NO CORRER EN LOS PASILLOS>> situado en la amplia pared blanca que hay frente a mí y mis piernas se alternan en una carrera veloz a través de los pasillos.
Un hombre, situado frente a la máquina expendedora de cafés, se me queda mirando al verme actuar de esa forma tan poco habitual en un lugar así.
-Trescientos veinte, trescientos veinte, trescientos veinte… -mascullo sofocado al tiempo voy clavando mi mirada en las cifras que numeran cada habitación, ocultas tras amplias, gruesas y opacas, puertas de un gris oscuro. Aquí, prácticamente, todo es gris. Finalmente, doy con lo que estaba buscando, la tuya. La puerta está entornada, así que la empujo con cuidado, intentando hacer el mínimo ruido posible…
Allí estás, tumbada en la camilla. Me acercó a ti y te tomo de la mano, rozando tu delicada piel y te observo, sólo eso, no deseo hacer otra cosa. Tu largo cabello oscuro, esparcido descuidadamente sobre la almohada, resaltando con el color blanco de ésta. Tu piel, delicada y clara, ahora está más nívea que nunca. Tus labios, sin embargo, siguen conservando aquel color sonrosado que embellece totalmente a su perfecta forma. Tu rostro, pequeño y ligeramente alargado, sin ningún rastro de señal o imperfección. Tus ojos, cerrados, con su inmensa población de pestañas descendiendo desde el final de los párpados, como abanicos. Tú, sin cambios muy perceptibles, hermosa, como siempre lo habías sido, tú.
-¡Eh, tú! ¡¿Quién narices eres?!
Doy un respingo al irrumpir la ruda voz en mis tímpanos como la molesta y atronadora bocina de un camión de varias toneladas.
Sus palabras duelen, me recuerdan a las tuyas.
No respondo, aquel hombre rechoncho, bigotudo, de mediana estatura, y falto de pelo en la parte superior de su cabeza me taladra con la mirada desde el otro lado de la habitación, huraño. Acaba de irrumpir en la sala. Me fijo en que sujeta firmemente en su mano derecha un vaso de café humeante. ¿Es él aquel hombre que me había mirado desde la máquina expendedora? Algo me dice que sí.
-¡¿Qué quién eres?!
Queman.
Su voz suena cada vez más nerviosa y desquiciada y va aumentando de tono gradualmente.
Debe ser tu padre, aún recuerdo las fotos que me enseñaste y que llevabas en la cartera cuándo todavía vivías en el pueblo, sí, era él. Y no sabía quién era yo, él no tenía ni idea, no le has hablado aún de mí, Aroa, hasta que punto habrás logrado deshacerte de mi recuerdo para ni siquiera mencionarme, pero aún así sigo sosteniendo tu mano, porque te quiero, te sigo queriendo.
Sigo sin responder a tu padre. Éste deposita el café en una mesilla blanca junto a tu camilla y se acerca a mí, con los músculos del cuello y los de los brazos en indudable tensión. Va a golpearme o como mínimo sacarme de aquí a empujones.
Siento una leve vibración en mi mano, la que mantengo aferrada a la tuya cuidadosa pero firmemente. Te miro confuso y al momento, me veo reflejado en tus grandes y brillantes ojos, de un color similar al caramelo. No puedo evitar que una sonrisa se extienda por mis labios en un arranque de alegría.
Acerco mi rostro más a ti, con exaltación, y alzo tu mano, contenida entre mis dedos, para besar su dorso.
De pronto, tu mirada calmada y neutra cambia, tu ceño se frunce y una sonrisa se extiende por tu rostro. Como mariposas sueltas, unas delicadas palabras surgen de entre tus labios, como aquella primera vez:
-Y tú, ¿quién eres?
Abrasan.

Palabras, esas palabras que me quemaron y aún a día de hoy siguen encendidas, las de tu padre, y las tuyas. Las suyas, por no saber nada de mí; las tuyas, idénticas a las del momento en que nos conocimos, por sufrir esa maldita amnesia desde el accidente. A tu prima debió escapársele ese detalle el día que me informó, o quizás yo no la escuché.
Palabras, son sólo conjuntos de letras, pero pueden inspirar, inducir y afectar tanto…, pueden causar bien, pueden causar mal. Pueden guiarte hasta la salvación o arrastrarte hasta la perdición…
Unidas y pronunciadas con tonos ásperos o huraños pueden llegar a destrozar la autoestima y buena intención de las personas, conmigo ya lo han hecho y todas por una misma razón, en tu vida nadie me conoce, nadie sabe quién es Germán…, pero ¿acaso yo mismo sé, en realidad, quién realmente soy?
Palabras que queman y te deshacen….

Dido R. Raez
01/04/2.010

 

 

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